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| Conferencias - Carlos Paez |
“Die Zeit”
Rosine De Dijn
“El accidente de los Andes”
La segunda vida de Carlos Miguel Paez.
El chofer del taxi busca
desesperado la entrada al feudal Hotel Carrasco en Montevideo. El sombrío
edificio de más de cien años en el barrio noble de la capital uruguaya,
empolvado y casi abandonado en la orilla del ancho Río de la Plata rompe
la cansada ociosidad. Tiempos idos. Esplendor amarillento. Es una
prosperidad congelada de los Swinging Twentys? ¿Un espejo del Uruguay? Una
vez la Suiza de Sudamérica. Hoy un estado que se ha convertido a una total
oficialidad y comodidad.
Un corpulento treintañero,
aparece de bermudas con un look Safari, el pelo negro peinado para atrás
brilla con la gomina – un sudamericano por excelencia – y no guiña un ojo
de la vereda de enfrente. El chofer del taxi se siente aliviado.
Carlitos Paez nos ha
esperado. El nos muestra la entrada principal.
Hace 20 años, el fuerte uruguayo, que tan simpáticamente nos recibió,
escapó junto con otros 15 jóvenes el helado infierno de los Andes. Una
historia que sacudió al mundo, una inusual historia en que la
supervivencia tuvo un precio amargo. En lo profundo de las nevadas
montañas había solamente una posibilidad para sobrevivir: la carne de los
muertos.
Él tenía entonces 18
años. El más joven del grupo. Nos examinamos con los ojos. Siento casi una
arisca reticencia y empiezo.
¿Qué quiero de él? La pregunta cuelga entre nosotros. Me siento un poco
incómoda. ¿Esta pavorosa historia le ha mostrado algo distinto?
Carlos Miguel Paez, un buenmozo educado agrónomo del Uruguay, al mismo
tiempo Artdealer especializado en el Arte Español del Siglo XIX,
divorciado, padre de una nena, no brillante, talentoso y distinguido, como
tantos otros hombres en similar situación en Montevideo, ¿es realmente
distinto a los demás?
Hollywood se ha, mientras
tanto, apropiado de la historia.
Pronto habrá nuevamente gran conmoción.
Carlos Miguel Paez, ¿un hombre como tú y yo? ¿Como todos? Seguramente.
El 12 de octubre de 1972
despegó de Montevideo un aparato de la F.A. uruguaya del tipo Fairschild
F-227. Un grupo de entusiasmados jugadores de Rugby y sus “supporters” del
exclusivo Old Christian Collage de Montevideo habían alquilado la máquina
bi-motora turbo propulsionada, para ir a Santiago de Chile donde iban a
enfrentarse al equipo chileno. Los entusiastas “Sonny Boys” provenían de
las más conocidas familias uruguayas. Ellos tenían una dulce vida a sus
pies. Nada los podía sorprender.
Estaba mal tiempo pronosticado para el vuelo. La pequeña máquina debió
aterrizar en Mendoza, Argentina, a los pies de los Andes. Temprano al día
siguiente despegó para continuar su ruta. Allí tomó las riendas el destino
de los cuarenta pasajeros y cinco tripulantes. El co-piloto cometió un
error, y le dio a la torre de control de Santiago una posición errada. Eso
se convirtió en un desastre. Con permiso de la torre dobló hacia el Norte
y disminuyó la altura…
Desde ese momento no se
tuvo un signo de vida más del Fairschild F-227.
En la semana siguiente al
accidente 53 aviones sobrevolaron en total más de 142 horas el área en su
busca. Ninguno de ellos encontró rastro alguno de los desaparecidos. Para
el director de las acciones de Salvamento la chance de que alguno de los
pasajeros aún viviese era alrededor de una en un millón. La máquina había
sido destruida en un área donde ningún hombre había llegado y donde
probablemente nadie entraría jamás. ¿Cómo podían sobrevivir en ese
desierto helado, sin calefacción, sin ropa abrigada, sin alimentos?
“De un día al otro
vivíamos sin un equipo razonable con 25 grados bajo cero. Yo mismo tenía
18 años, todavía era un niño, nunca me había ido lejos de casa. Mamá me
mimaba amorosamente. Papá me protegía, me servían 5 comidas al día y la
muchacha dejaba todas las noches una bolsa de agua caliente en mi
cama…ahora no sólo tenía nada más que comer, y tenía realmente frío, sino
que estaba junto a mis igualmente mimados amigos confinado en un inhumano
caos de graves heridos y muertos, histéricos y desesperados sobrevivientes
que se tormentaman en un mismo espacio. Una situación para la que no
veíamos solución. De la noche a la mañana me convertí de un niño a un
hombre. La vida se había dado vuelta. Estábamos en la absoluta
primitividad”, se acuerda el artdealer de Montevideo.
Diez semanas más tarde,
unos días antes de la navidad de 1972, un granjero chileno ve dos raras
figuras. Lo saludan de la otra orilla del río vehementemente. Roberto
Canessa y Fernando Parrado tenían tras de sí una aventura de descenso en
las montañas y buscaban con sus últimas fuerzas hacerse ver. Arriba en las
heladas alturas de los Andes esperaban sus 14 camaradas al rescate.
En un pedazo de papel que les tiró a través del río envuelto en una
piedra, el desconfiado granjero escribe uno:”Yo vengo de un avión que se
cayó en las montañas. Soy uruguayo…”
Habían pasado 70 días.
En el choque había a bordo del avión: una botella de whisky, una botella
de jerez, una botella de Crême de Menthe, una botella de licor de cerezas
y otra botella a medio tomar de whisky. Además 8 tabletas de chocolate, 5
de nougat, algunos caramelos, un par de dátiles y ciruelas pasas, un
paquete de galletitas cracker, 2 latas de mejillones, una lata de salsa de
almendras y unos pequeños frascos de mermeladas de ciruelas, manzanas, y
moras.
No era exactamente suficiente para 28 personas que habían sobrevivido al
accidente. Para los hambrientos quedaba sólo una cruel decisión: cortar y
comer los cuerpos de los muertos congelados en la nieve.
El joven estudiante de
medicina, Canessa, dio el primer paso. El subrayó que tenían el deber
moral de mantenerse en vida con todos los medios que fueran accesibles. El
grupo entero era católico-romano y algunos de ellos eran profundamente
religiosos. Incluso Canessa pertenecía a éstos últimos. Él argumentó:”Es
carne, nada más. Las almas ya han dejado estos cuerpos y están en el cielo
con Dios”. Gustavo Nicolich quien, 16 días después del accidente junto con
otros 9 pasajeros muere debido a una avalancha, escribió a su novia:”Te
parecerá inimaginable, a mi también me parece increíble –hoy hemos
empezado a cortar y comer a los muertos. No tenemos otra elección. Le pedí
desde el fondo de mi corazón a Dios que este día nunca llegara, pero hoy
está aquí y necesitamos todo el coraje que podamos encontrar y toda
nuestra Fe. Fe, porque he llegado a la conclusión, que los cuerpos están
aquí porque así Dios lo quiso. Y aquí lo único que cuenta es el alma, no
debo sentir ningún remordimiento y si viniera el día y yo con mi cuerpo
pudiese salvarle la vida a alguien lo haría con alegría (…) Que nosotros
mismos nos hayamos salvado, tomando nuestro propio destino en nuestras
manos y no siendo salvados ha sido una experiencia de vida importantísima.
Hubiese sido muy distinto si nos hubieran encontrado. Debe sonar más que
raro, pero yo tenía la ventaja en estos fríos, que debía preservar, debía
hacerlo y estamos pasando hambre. ¿Quién pasa por esta situación? Me ha
hecho sensible al dolor ya la desgracia de las otras personas”.
Un cruel desafío había llegado para aquél chico mimado de buena familia.
“Desde hoy ya no pertenezco a los espectadores que saben exactamente hasta
dónde han de llegar. O a aquellos que hablan de hambre con las barrigas
llenas”.
Después de los amargos
días en el helado infierno de los Andes, después que los 16 sobrevivientes
fuesen rescatados – por el choque, la avalancha y las graves heridas 29
compañeros de vuelo habían perdido la vida – Salió la incómoda verdad a la
luz y como un fuego salvaje se esparció por todo el mundo.
¿Debería uno tener
compasión u odio por ellos?
¿Quién podría y puede
medir o juzgar lo que estos chicos han atravesado? ¿Quién se atreve a dar
un atisbo de opinión?
Sobre la marea de
rumores, la audacia de los periodistas, la persistencia de los equipos de
televisión y los miles y miles de curiosos estaban los familiares de los
sobrevivientes más que enojados. Los padres cuyos hijos o hijas no
volvieron, quienes eran concientes que sus hijos no sólo habían muerto
sino quizá también habían sido comidas, se sintieron aún más afectados por
estos rumores. Estos padres exhibieron la misma falta de egoísmo absoluta,
el mismo coraje que sus hijos muertos y se cerraron unánimemente alrededor
de los 16 sobrevivientes. El Dr. Valeta, padre de Carlos, quién había
muerto dijo a un diario en ocasión de la conferencia de prensa en
Montevideo:”Vine con mi familia, porque todos nosotros queríamos a quienes
eran los amigos de mi hijo, y porque estamos contentos de tenerlos de
vuelta con nosotros. Más aún, estamos contentos, que gracias a que eran en
total 45 fue que al menos 16 pudieron regresar. Además, quiero subrayar
que desde el primer momento supe, lo que hoy es algo cierto para nosotros:
como médico inmediatamente me di cuenta que nadie puede sobrevivir en un
lugar como aquél y bajo esas condiciones sin encontrarse ante valientes
decisiones”.
Los padres de los salvados, se encontraban entonces para obstaculizar que
el asunto fuese ventilado por la prensa sensacionalista. Junto con las
autoridades chilenas se tomó una inmediata decisión: nadie podría buscar
cadáveres o partes de cadáveres en las montañas de los Andes. En enero de
1973, se encontró un lugar, alrededor de un kilómetro de distancia de
donde había sido el accidente, que estando protegido de las avalanchas,
era apropiado para construir un pequeño cementerio. Aquí fueron enterrados
los cuerpos y los restos de los que no sobrevivieron. Así nadie podía ver
qué cuerpos habían sido mutilados y cuales no. Al lado de las tumbas se
levantó un primitivo altar de piedra y sobre él una cruz de un metro de
alto. La trompa del Fairschild fue regada con nafta y quemada, convertida
en cenizas para la eternidad.
El 28 de diciembre de
1972 apareció en “L´Ossevatore Romano”, la opinión de uno de los teólogos
de dicho diario, no se puede condenar a los hombres que en peligro de
muerte por inanición se alimentaban de los cuerpos de otros hombres
muertos. El diario FAZ (Frankfurter Allgemeine Zeitung, el diario más
importante de Alemania) del 29 de diciembre de 1972 citaba:”Como subrayó
el padre Gino Concetti en una aclaración a la prensa este jueves, nunca
podrían ser señalados como “caníbales” desde el punto de vista teológico
ni ético los 16 sobrevivientes de la catástrofe aérea del 13 de octubre en
los Andes sudamericanos, pues éstos se alimentaron de los muertos por obra
del accidente y porque no tenían ninguna otra posibilidad. Admitió que la
Iglesia se defendía de los peligros de alimentarse de cadáveres, pero
también que debía dar marcha atrás, en caso de extrema necesidad ayudando
a los sobrevivientes. Incluso más, el cuerpo humano está seguramente para
proporcionar soluciones. ¿Deben los sobrevivientes
vivir con una aterrorizadora hipoteca? ¿Deben ellos dejar su experiencia
en los Andes en su testamento?
Carlitos Paez no ha
quitado nada a la historia. La vida le ha sido regalada por segunda vez.
Pero hay un sentimiento de culpa que no lo deja. Una culpa que se enfrenta
a los muertos. Los cuadros de su experiencia no se dejan cambiar. “¿Por
qué justamente yo sobreviví? ¿Qué más debo hacer para tener derecho a esta
“nueva” vida? Esto me acosa casi cada día”.
¿Tengo el peso de la gran
responsabilidad de cuidar la vida mejor? Un síndrome similar al de los
prisioneros que han escapado de su ejecución en los campos de
concentración. Todas las preguntas que se plantea a sí mismo pero que no
quiere discutir abiertamente, en público, su disgusto y su miedo a la
prensa son grandes. Los periodistas, los rumores sobre los “héroes de los
Andes”, las vueltas y la enorme publicidad lo han lastimado demasiado a
menudo. “Nunca pensamos, ni por un segundo que a través de nuestra
pavorosa experiencia nos haríamos famosos y nos rodearían multitudes de
periodistas. Estábamos en una tan remota e inhóspita seducción, tan
ocupados de nosotros mismos que no pudimos juzgar la importancia de esta
experiencia. ¿Y después del rescate, eran estos hechos suficientes para
ser noticias sensacionales y nosotros ser festejados como héroes,
superhombres o apóstoles? Me horroricé cuando en San Fernando, una enferma
de cáncer quería que la tocara porque pensaba que yo tenía la vida eterna,
que yo era una maravilla. ¡Una identificación tal no se nos había ocurrido
no en sueños! Eso hicieron por primera vez los demás y luego nos tomó
desgraciadamente a nosotros. Estábamos inquietos, presionados y éramos
llevados por la corriente; quién había vendido mejor su historia, qué
revista ofrecía más, qué diario pagaba mejor. Para mí la vuelta a la
civilización, a la voraz sociedad fue un shock”.
El artdealer de
Montevideo, cuyo padre Carlos Paez Vilaró es uno de los más conocidos
pintores de Sudamérica y seguramente el más famoso que el Uruguay ha
producido hasta hoy, sabe que las heridas psicológicas pueden luchar por
una aparición efectiva.
El prominente artista
Vilaró oyó por 70 días que no buscase más a su hijo, incluso cuando
algunos padres no querían creer más en un regreso. Él movilizó, bajo su
propio costo, helicópteros, ayuda militar y boy-scouts. Habló con todos
los granjeros de las montañas disponibles y se encontró, como después
escribiera, siempre bien en el mágico círculo de su hijo, pero no lo
encontraba. Consultó clarividentes, adivinos, astrólogos y cartomancias.
Todos sabían una “extrema verdad, a veces asombrosamente precisa. Carlitos
le dice hoy a su padre ‘el torbellino’ por los líos que causa y piensa que
tanto su abuela como su mamá, la divorciada Sra. Vilaró, lo habían
esperado con más corazón, pasión y sentimiento por lo sobrenatural, en la
firme convicción que él volvería. Madelón Rodríguez, la mamá de Carlitos,
era realmente incansable y su fe en que vería a su hijo de nuevo era
inamovible. Era ella realmente el incentivo del ágil padre.
Ahora que Hollywood ha
descubierto a los Old Cristians y deben los eficientes negociantes
americanos escribir un guión que sea aprobado por los 16 ‘jóvenes´de
entonces, ¿Podrá Carlitos salvarse de la penetrante curiosidad de la
prensa?
La aventura debería
brillar en las pantallas de todo el mundo por Multivision a fines del
otoño.
¿Será el fin de la paz
para Carlitos Paez?
Después de 20 años el análisis se le hace mucho más fácil.
“Para mí los 70 días en la helada soledad de los Andes no fueron sin duda
las más importantes ni los más determinantes de mi vida. Eso sería una
mentira. Mucho más doloroso y hondo para mi desarrollo personal fue la
separación de mis padres. Yo tenía en ese entonces 8 años y este corte fue
mil veces más doloroso que los eventos de los Andes. También la muerte de
mi abuelo cuando yo tenía 12 años me marcó mucho. El nacimiento de mi hija
fue también una experiencia decisiva, pero maravillosa. Cambió mi vida.
Esta película es para mi importante en tanto sea una buena película, una
aclaración de la realidad dentro de la verdad sin sensacionalismo. Quizá
entonces pueda finalmente cerrar este capítulo de mi vida, ya que es tan
aterradoramente difícil hacer transparente esta experiencia. Hasta ahora
nunca pude hacerlo. Probablemente ninguno de nosotros pudo.”
El joven uruguayo se
distancia conscientemente de las declaraciones de sus camaradas de
entonces. En su opinión hay 16 distintas historias. Cada uno tiene una
propia. Arriba en los Andes, sólo mediante el espíritu de equipo es que
han sobrevivido: “L’union fait la force”. Arriba, en las montañas no
contaba el individuo sino el grupo. Sólo con la ayuda del grupo, con una
estricta disciplina y la conciencia de una responsabilidad conjunta
pudieron salvarse de la muerte. Cada uno se reveló, gritó, rezó, soñó y
lloró para sí mismo y de su modo. “Es impresionante como la gente piensa
que somos los mejores amigos, que somos inseparables. Somos gente como
cualquier otra y entre los 16 sobrevivientes tengo buenos amigos, algunos
menos amigos y otros en quienes realmente nunca pienso”. ¿Una declaración
poco sentimental?
Carlos Miguel sabe de los
riesgos de una versión cinematográfica. Sabe de esta renovada
distribución, pero su católica fe junto con una concentrada pasión latina
y emocionalidad, lo han decidido a confiar en los productores de Hollywood.
”Todos los sobrevivientes están contentos con esta película. Tienen el
sentimiento que tal vez ahora, después de 20 años, tiempo en que algunas
semanas se han suavizado, finalmente podrán dar su embajada a otros. Es
una embajada para nuestros hijos, nuestros nietos”.
Se ha inventado
demasiado. Distorsionado demasiado. ¿Cuántos guiones fueron escritos y
luego rechazados? Uno fantaseaba con tener un papagayo a bordo; el próximo
contemplaba agregar el gag de un puma muerto de hambre; otro incluía una
chica entre los sobrevivientes y no quería renunciar a un punto erótico.
“Tiene que ser nuestro testamento. Sin ‘lacrimógenos’. La historia
increíble sobre una solidaridad increíble, una perfecta organización.
Nuestra experiencia es tan llena de fuerza y densa, que no necesitamos
agregar ninguna especia, nada de magia. Comer carne humana es totalmente
secundario en ella. Tendrá que ser bien actuado. No me quedó ningún trauma
por ello. No éstos”.
¿Cambiaron de alguna
forma estos 70 días a Carlitos? La “Mentalidad de los Andes” es lo que
quiere el joven Paez siempre y para todo preservar. O al menos trata de
mantener. Siente que esa es una tarea necesaria para sí mismo en la
agitada y pulsante vida diaria de la capital latinoamericana. En la altura
de las montañas, la quietud y la soledad, la desesperanza y la necesidad
provocaron una doble comunicación muy lúcida con Dios y con uno mismo.
“Conozco al Dios de las montañas. Allí me hice profundamente creyente”.
Por las tardes siempre se rezaba. “Sentíamos una hermandad casi mística no
sólo entre nosotros, sino también con Dios. Dios se convirtió en
alcanzable para mí, tangible. Todos los sentimientos en las montañas
estaban por fuera de los normales. Incluso sentíamos la muerte de otra
manera. Menos dolorosa. Quizá porque estábamos tan ocupados en sobrevivir.
No sólo exteriormente, sino con la “supervivencia interna”, con nosotros
mismos. ¿Un proceso egocéntrico? Sí, pero saludable para la conciencia”.La silenciosa quietud de
la noche a 4000 metros de altura en los profundamente nevados Andes,
totalmente separados de la civilización es para Carlos Miguel Paez un
recuerdo transfigurado, estático. Sólo después puede él interpretarlo. Lo
pone conciente de sí mismo y un poco triste.
“Uno prendía un cigarro. Otro más también. Dos mínimas lucecitas en la
infinita, profunda oscuridad. Charlábamos. Hablábamos de cosas
insignificantes, pero la atmósfera tenía algo puro, algo sin culpas. Eso
se me había ido. No, no éramos ningunos héroes”.
Pero la sociedad apoya a
sus héroes. Están del lado de los ganadores. “Y nosotros hemos ganado.
¿Qué quiere decir eso?”. Y Así, a veces, el artdealer de 38 años, de
Montevideo, siente nostalgia de la pureza y la infinidad del tiempo en la
inhospitable altura de la Cordillera. “Un tiempo en que las pequeñas cosas
eran tan importantes”.
La vida es más borrascosa
ahora para Carlos Miguel Paez. |
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