-¿Qué descubrió a
partir del milagro de los Andes?
-Descubrí algunas cosas que resultaron cruciales para el resto de mÍ vida,
pero aunque suene extraño, lo más importante que aprendí fue a tomar
decisiones. Siempre digo que allá arriba tomé la decisión más importante
de mi vida en veinte segundos. Estábamos en la expedición con Roberto
Canessa, desde hacía días caminábamos para tratar de llegar a algún lado
pero lo único que veíamos era nieve y montañas. Todo el tiempo, nieve y
montañas cada vez más altas. En una de las escaladas llegamos hasta una
cumbre convencidos de que del otro lado encontraríamos algo que no fuera
blanco, esperábamos ver algo que nos diera una mínima esperanza.
Subimos hasta lo más alto, levantamos la cabeza y en lugar de ver un valle
verde, nos dimos cuenta de que seguíamos en el medio de la nada. Para
donde mráramos había nieve y picos de montañas. En ese momento yo elegí
cómo morir, me paré frente a Roberto y le dije: "O nos quedamos acá y nos
morimos mirándonos a los ojos, o nos morirnos caminando. Yo quiero morirme
luchando". y por eso seguimos caminando, y por eso nos salvamos. Esa fue
la decisión más importante que tomé en mi vida: cómo morir.
-O cómo vivir...
-Es verdad, ese día decidí cómo vivir.
-¿Qué cosas valora hoy?
-Valoro las cosas más simples. Primero, el hecho de despertarme
cada mañana. No puedo dejar de sentir que yo no tendría que estar acá.
Nadie que no haya estado ahí, nadie que no haya vivido la experiencia de
volver de la
muerte, puede percibir la suerte que tuvimos. Hasta el último día, hasta
el último minuto creímos que no nos íbamos a salvar. Fueron 72 días de
absoluta condena. Estábamos destruidos, enterrados en el medio de un
glaciar. Por eso cada día, para mí, es un milagro y trato de aprovecharlo
al máximo.
-¿Pero cómo cambió su perspectiva, sus valores?
¿Cuál es para usted la relación entre lo profundo y lo trivial?
-Soy un tipo como cualquiera, pero con el tiempo me volví muy
calmo. La gente se hace problema por cosas que no tienen sentido. Están
sentados en un restaurante e insultan al mozo que no tiene nada que ver,
porque la comida tarda. Yo soy tranquilo y trato, dentro de lo posible, de
disfrutar de todo: una comida, un buen vino, una charla con amigos. Hay
que pasar por una cosa así para darse cuenta de la diferencia entre lo
importante y lo que no lo es. En general, me siento distinto en la
percepción de los problemas del día a día: la gente se complica, yo me
volví bastante simple. En el trabajo, con mi socio, cuando cada tanto me
encuentro discutiendo por estupideces, me acuerdo y digo: no, así no es. A
veces pienso que si me fuera mal en los negocios me subiría a una
camioneta y me la pasaría cortando el pasto, sería jardinero, que es una
profesión que me encanta. Tengo la sensación de que nada es irremediable,
que todo tiene solución, y además creo que no estoy condicionado
Por la sociedad. Hago siempre lo que siento, no me importa lo que los
demás pretenden de mi.
-¿Qué es lo más importante que les enseñó a sus
hijas?
-Esto puede parecer cursi pero lo más importante que les enseñé es
el amor. Yo estoy totalmente de acuerdo con esa canción que dice que el
amor mueve el mundo. La economía, la política, no existen; la fuerza más
poderosa que hay sobre la tierra es el amor. El amor por mi padre me hizo
salir de la montaña porque tenía que salvarme para él. El amor por mi
mujer cambió mi vida, el amor por mis amigos me hace feliz cotidianamente.
Está comprobado casi estadísticamente que todos los hombres que hicieron
algo importante en sus vidas, lo hicieron por alguien; en general por una
mujer.
-Hablando de mujeres, ¿se enamoró muchas veces?
-Soy un tipo un poco difícil. Tuve mis pasiones como todo el mundo,
pero creo que verdaderamente me enamoré una sola vez. El día en que conocí
a Verónica, mi mujer, mi vida cambió. El tema es que cuando volví de los
Andes todavía era chico y por lo que nos había pasado quería tragarme la
vida de golpe. Viví un poco descontrolado durante algunos años, quería
hacer todo, tener todas las experiencias posibles. No paraba. Corría autos
de carrera, que eran mi pasión, corría motos. Me la pasaba viajando
conociendo gente, era medio kamikaze. Tenía la sensación permanente de que
no podía perder un minuto, parecía que el tiempo no me iba a alcanzar.
Verónica me calmó, me mostró otro mundo. Me sacó de esa intensidad que por
momentos se volvía desesperante y me inyectó un poco de paz.
-¿A qué le tiene miedo?
-Le tengo miedo a las enfermedades, me da miedo pensar en perder a
mis seres queridos. Le tengo miedo a la muerte. Algunos creen que por
haberla tenido tan cerca no me conmueve, pero es exactamente al revés: a
la muerte no te acostumbrás nunca. Cuando viajo en avión me dan mucho
miedo las turbulencias.
-¿Viaja mucho?
-Bastante. Y aunque había jurado no volver a subirme a un avión, lo
hice casi inmediatamente cuando volví de Chile a Uruguay, después del
accidente. Ahora vuelo bastante más que nada por trabajo.
-¿En qué consiste su trabajo?
-Le dedico una parte del tiempo ala empresa de mi padre, poco en
realidad, porque no me apasiona demasiado. y casi el 70 por ciento, lo
paso trabajando en unos documentales que escribo y produzco junto con mi
mujer y que después se emiten por el canal 12, uno de los más importantes
de Uruguay.
-¿y de qué se tratan los documentales?
-Son programas especiales de una hora, sobre la vida en la
naturaleza y tengo otra serie de documentales sobre viajes, en los que
siempre filmo un recorrido particular, por ejemplo, la ruta 66, en un auto
famoso. Yo empecé a trabajar en la televisión porque me encantaba el cine,
y como en este país hacer cine es muy difícil, tuve que conformarme con
algo más o menos parecido.
-A propósito, ¿participó en la versión
cinematográfica de Viven?
-Sí, me llamaron para que participara como technical advisor y
acepté enseguida. Fue una experiencia bárbara. El equipo que filmó la
película con el director Frank Marshall a la cabeza, fue el mismo que hizo
todas las de Steven Spielberg. Hicieron siete de las películas más
taquilleras de la historia del cine, así que algo saben del tema. Filmamos
en Canadá, en un lugar parecido a Las leñas. Nos levantábamos todas las
mañanas y había siete helicópteros que nos subían hasta un glaciar a
cuatro mil metros de altura. Éramos más de cien personas.
-¿y cuál era su tarea?
-Bueno, yo les contaba un poco la historia, hablaba con los actores
sobre determinadas situaciones. Era gracioso, porque yo les decía que
nosotros teníamos la cara cubierta permanentemente para resguardarnos del
frío y del sol, parecíamos momias. Estábamos todos tapados con pedazos de
telas y todos sucios. y los actores, los roductores también, claro,
estaban desesperados por que se les vieran las caras.
-O sea que la película no es un reflejo demasiado
fiel de lo que pasó.
-La película es un picnic al lado de lo que vivimos, es una
excursión al campo. Ahí no se ve el frío, la sed, la muerte ni el
sufrimiento, pero bueno...pienso que exactamente como pasó hubiera sido
imposible de filmar y hubiera sido imposible de ver, y por otro lado, los
que hicieron la película querían asegurarse el mercado de los jóvenes.
-¿Todos los que volvieron participaron en la
película?
-No, solamente nueve.
-¿y el libro cuenta bien la historia?
-El libro es mejor. Trabajamos mucho más profundamente para hacer
el libro.
-¿Cree que la película contribuyó a que muchos
fantasearan con su experiencia como si fuera una aventura?
-Puede ser. Yo siento que mucha gente la ve de una manera casi
romántica. "Qué bárbaro! Estos chicos, todos jóvenes, todos amigos, se les
estrelló el avión, cruzaron la cordillera y se salvaron." La verdad fue
mucho más terrible de lo que cualquiera pueda imaginar. Si hoy no tuviera
la familia que tengo, preferiría no haber nacido antes que pasar por todo
eso.
-Hoy, 27 años después, ¿diría que fue un accidente o
una prueba de Dios?
-Ni una cosa ni la otra. Fue simplemente una experiencia. Como se
dice habitualmente, yo estaba en el lugar equivocado, en el momento
equivocado. Fue como sacarme la lotería al revés. Fue una pesadilla, yo
pensaba: "Estoy soñando, esto no es real, ahora me voy a despertar y voy a
estar en mi cama en el hotel". Pero no me despertaba nunca.
-Desde el cuarto día usted quería emprender la expedición de regreso,
¿estaba convencido de que podía lograr que los salvaran o necesitaba
escaparse del avión?
-Yo sabía que era prácticamente imposible, no creía que pudiéramos
lograrlo pero necesitaba salir de ahí. Mi madre, mi hermana, mis mejores
amigos habían muerto y yo no podía dejar de pensar en mi papá. Me
imaginaba lo que estaría sufriendo y me volvía loco. Nosotros éramos una
familia muy unida. Mi viejo y yo compartíamos mucho, a los dos nos
gustaban las mismas cosas, y conociéndolo, estaba seguro de que él creía
que habíamos muerto todos. Él es un tipo muy práctico, yo sabía que mi
papá no tendría la más mínima esperanza. Desde el principio, lo único que
quería hacer era irme, pero por suerte los chicos me frenaron, porque si
hubiera salido antes me habría muerto a las dos horas. Durante el primer
mes, cuando salíamos del avión, nos hundíamos en la nieve hasta la
cintura, y además con el frío hubiera sido imposible tratar de volver
antes.
-¿Cómo se enteró su padre de que estaba vivo?
-Fue bastante cómico, porque las noticias de que estábamos vivos
empezaron a llegar a Uruguay durante la madrugada del 23 de diciembre. Esa
noche todas las radios del país empezaron a decir que Roberto y yo
estábamos vivos. Mi padre dormía, pero una amiga que estaba estudiando
escuchó la noticia. Inmediatamente llamó a mi casa y cuando papá atendió
empezó a gritar: ¡ Señor Parrado, Nando está vivo! ¡Nando está vivo!". Mi
viejo le decía: "Calmáte, Teresa, yo sé que lo querías mucho". Hasta que
al final, como Teresa no paraba de gritar, optó por cortar. Entonces ella
se subió a su auto, fue hasta mi casa, le tiró ..la puerta abajo, y lo
obligó a prender la radio.
-¿Cómo es la vida después de la muerte?
-Literalmente yo volví a vivir. Yo estuve muerto y experimenté lo
que pasa cuando uno se muere. Cuando volví a mi casa, mi cuarto estaba
transformado, mis cosas no estaban, mi papá usaba mi ropa y en el living
de mi casa había una foto mía que era distinta, era la foto de un muerto.
-¿Hizo alguna promesa cuando estaba en la montaña o
durante la expedición?
-Prometí de todo, por ejemplo, que iba a ir a misa todos los
domingos.
-¿Lo hizo?
-Creo que fui dos o tres veces.
-¿Se salvaron ustedes o los salvó Dios?
-Espero que Dios no se enoje, pero la verdad es que nos salvamos
Roberto y yo. Lo insulté tanto a Dios por las cosas que pasamos que
supongo que ya está curado de espanto. Era tan terrible: avalanchas,
precipicios, hambre, frío. El frío era insoportable. Sentíamos que el
cuerpo se nos endurecía, no podíamos más. Nos queríamos morir. Horas y
horas de eso... días y días de querer morirte... y no te morís. La
pregunta entre nosotros no era: "¿Estás bien?"; nos preguntábamos unos a
otros: "¿Estás vivo?" y cómo en general el otro no tenía fuerzas para
contestar, uno le decía: "Si respirás, estás vivo", e insistía: "¡Respirá! iRespirá más! ¡Aguantá un rato más!"
-¿Por qué algunos resistieron y otros no?
-No tengo la menor idea. Siempre me pregunté lo mismo y nunca logré
una respuesta lógica. No había ninguna característica especial en los que
volvimos. Todos teníamos las mismas ganas de vivir.
-¿Cómo influyó en la supervivencia el hecho de que
todos fueran amigos o compañeros de rugby?
-Fue un factor clave. Nosotros no llega mos a la barbarie total, al
limite del comportamiento animal, porque éramos amigos. En cualquier otra
circunstancia nadie hubiera sobrevivido, pero entre nosotros había una
unión muy fuerte. Cada uno pasaba por un estado mental distinto y nos
íbamos bancando uno a otro. Y en cuanto al rugby, es un deporte que te
enseña a sacrificarte por tus compañeros. Desde el principio nos ayudó a
organizarnos en tareas y estábamos muy disciplinados.
-¿Había un líder?
-Los líderes fueron cambiando con el transcurso del tiempo, porque
¿quién quiere ser líder de unos condenados a muerte? Pero el primero que
se puso la responsabilidad al hombro fue Marcelo, el capitán del equipo.
Era un tipo de una integridad impresionante y se sentía culpable porque él
había organizado el viaje. El día que escuchamos por la radio que ya no
nos buscaban, Marcelo se derrumbó. La gente que afirma sufrir de stress no
sabe lo que dice; nunca volví a ver o a sentir una presión mental mayor
que la que había en los Andes. Es increíble que hayamos aguantado tanto...
-¿La tensión era sostenida? ¿No tenían vías de
escape, algún tipo de juego, por ejemplo?
-No. Vivíamos como si estuviéramos frente a un pelotón de
fusilamiento, no había margen para juegos.
-¿Nadie hacía chistes?
-No. No había humor posible. Alguno trató, en un momento, de levantar la
moral haciendo alguna broma, pero no había receptividad porque la mayor
parte del tiempo estábamos demasiado ocupados en tratar de sobrevivir. No
luchábamos por sobrevivir uno o dos días, luchábamos para pasar los
próximos diez minutos, media hora, y la siguiente.
-¿Cómo pudo elaborar la muerte de su madre y de su
hermana entre tanto sufrimiento?
-No sé qué significa elaborar una muerte, si se trata de llorarlas nunca
lo hice. Cuando estaba allá me transformé en una máquina de supervivencia,
totalmente frío, sin sentimientos. Después de que murieron, las enterré en
el hielo y bajé la cortina. Pensaba que si me caía en ese momento, si
perdía energías en una lágrima, me moría yo también.
-¿Y cuando volvió?
-Nunca pude llorar por ellas. Supongo que cuando volví ya no tenía más
ganas de sufrir. Al que lloré fue a Panchito Abal, mi mejor amigo. Era
como mi hermano, salíamos siempre juntos, y cuando volví, la primera vez
que fui al boliche al que íbamos siempre, me di cuenta de que no estaba
más y me puse a llorar como un bebé.
-¿Es cierto que, como dice Nietzsche, lo que no mata
fortifica? ¿Todos volvieron más fuertes?
-No puedo hablar por los demás, porque lo que pasó nos impactó a cada uno
de una manera diferente, pero creo que de alguna forma todos fuimos
afectados en positivo.
-¿Siguen siendo amigos?
-Por supuesto, y nos vemos todo el tiempo porque vivimos todos muy cerca,
en Carrasco.
-¿y cómo es la relación con los padres de los chicos
que murieron?
-Muy buena. Ellos entienden que nadie eligió la vida o la muerte. Creo que
en aquel momento para ellos también fue importante nuestro testimonio, por
lo menos algunos habíamos vuelto para poder contar la historia.
-¿Qué hábitos le hizo cambiar el accidente?
-Ahora, cada vez que viajo, llevo un cortaplumas colgado del cuello. Es
como mi amuleto, y además suele resultarme útil.
-¿Se reunió alguna vez con personas que hayan pasado
por una experiencia similar a la suya?
-Estuve con sobrevivientes de campos de concentración y con sobrevivientes
de un velero que naufragó cerca de Nueva Zelanda. También me encontré con
un señor que se electrocutó, perdió los dos brazos, y tuvo que pasar seis
meses en la cama de un hospital. En todos los casos, sentí que había algo
que nos acercaba.
-¿Qué era?
-Haber experimentado un contacto tan directo con la muerte y la nueva
perspectiva frente a la vida, el agradeci miento por tener la posibilidad
de volver a empezar. De alguna manera, todos los que enfrentamos este tipo
de experiencia sabemos que tener el mejor auto, el mejor departamento, o
incluso una profesión que te convierta en alguien importante, no sirve de
nada si no funcionan bien tus afectos.
-¿Se psicoanalizó alguna vez?
-Nunca. Cuando volvimos, nuestras familias dijeron que teníamos que
conseguir algún tipo de ayuda psicológica. Nosotros nos juntamos a comer
un asado para discutirlo y estuvimos de acuerdo en que era ridículo, que
no necesitábamos un psicólogo para volver a nuestras vidas. El psicólogo
hubiera sido necesario allá arriba, no acá.
-¿Hay algo que le dé paz a su espíritu?
-Supongo que lo mismo que a todo el mundo: me gusta estar con mi gente, me
gusta leer mientras escucho música...
-¿Tiene sueños o pesadillas sobre el accidente?
-Jamás. Nunca, en los 26 años que pasaron desde el accidente, soñé con lo
que había pasado.
-¿Hay alguna imagen o palabra que lo remita
directamente a aquel momento?
-Un sonido. El sonido que hacen los pies al caminar por la nieve es los
Andes. Ese ruido es tan particular, tan inolvidable. Nosotros estuvimos
dos meses y medio conviviendo con ese sonido.
-¿Alguna vez se preguntó qué haría distinto si
volviera a vivirlo?
-Es impensable volver a vivir ese infierno, pero tengo la certeza de que
lo que hicimos fue lo único que se podía hacer. Hace dos años organizamos
una expedición especial hasta el lugar del accidente con Rodrigo Jordán,
que es uno de los alpinistas más famosos de Sudamérica. Yo quería colocar
una cruz nueva. Estábamos con el mayor especialista en montañas y el mal
tiempo no nos permitió llegar. Jordán me decía que lo que habíamos hecho
sin equipos, sin ropa y con la debilidad que teníamos era prácticamente
inhumano. "Loco, descorchá un champagne todas las mañanas", me dijo, "tu
cumpleaños es todos los días".
-¿Cuántas veces volvieron al lugar?
-Yo volví ocho veces, mi padre diecisiete. Roberto fue dos veces y algunos
no volvieron nunca.
-¿Le molesta que se organicen expediciones al lugar
del accidente?
-Es extraño, es un lugar impresionantemente lindo pero prácticamente
inaccesible. Cualquiera que se tome el trabajo de llegar hasta allí debe
tener una buena razón para hacerlo, creo que la curiosidad no alcanza.
Además, allá hay una especie de tumba con una cruz, donde muchas veces
nosotros dejamos cosas; yo, por ejemplo, llevé el oso de peluche que mi
hermana había usado toda su vida, y nadie tocó nada. Me parece que hay un
gran respeto por lo que pasó, todo está tal como lo dejamos.
-¿Tiene alguna cicatriz?
-Me quedaron dos o tres marcas en el cuerpo.
-¿La gente lo reconoce por la calle?
-Acá, en Uruguay, me conoce todo el mundo. Cuando salimos, mis hijas
juegan a adivinar cuántas personas me van a venir a saludar. Hace poco
fuimos a un café y un hombre joven, de unos treinta años, me abrazó y me
dijo que yo era su ídolo. Pero lo que siempre me resultó raro es que yo no
elegí ser conocido.
-¿Le molesta?
-Ahora no, al principio me descolocaba un poco. Era muy chico. Sí, yo
sentía que era el mismo pero que me habían cambiado el mundo. A la semana
de volver de los Andes fui a la pizzería a la que íbamos siempre y
mientras estaba comiendo mi pizza, entró un tipo y en cuanto me vio,
gritó: "¡Nando!" Yo estaba sentado en la misma mesa, comía la misma
muzzarela, pero de repente era "Nando" para un desconocido.
-En los últimos años dictó algunas conferencias
sobre cómo sobrevivir a una tragedia...
-Sí, eso surgió de una manera un poco casual. Hay una organización
internacional a la cual pertenezco que se llama YPO y reúne a jóvenes
presidentes de empresas de todo el mundo. Un día, hace cuatro o cinco
años, un amigo mexicano, que también es miembro de esta asociación, me
pidió que abriera la convención anual que casualmente se hacía en México.
Yo le contesté que no podía hablar en público más de dos segundos
seguidos, pero él insistió e insistió hasta que acepté. Entonces me pasé
como dos meses preparando la conferencia. Ese día, mi amigo me explicó que
todos los asistentes a la convención eran presidentes de empresas, y que
si no les resultaba interesante lo que yo decía, era probable que algunos
se levantaran y se fueran, para que no me pusiera nervioso porque eso era
normal. Subí al estrado transpirando, con un agujero en el estómago, y me
olvidé de todo lo que había preparado. Apoyé el reloj delante de mí y
empecé a hablar. Hablé sin parar durante dos horas y media. Cuando terminé
me sorprendí, porque empezaron a aplaudirme con un entusiasmo
impresionante. Desde ese momento me llaman de todos lados para dar
conferencias.
-¿Le gusta hacerlo?
-Me gusta la reacción de la gente. En las conferencias hablo mucho de los
sentimientos, de la familia, de la necesidad de afecto, y me sorprende lo
interesante que resultan estas cosas que en general parecen tan
cotidianas.
-¿Alguna vez pensó en dedicarse ala política?
-Ni loco. Me lo propusieron mil veces pero no podría. No es mi
mundo y además me robaría demasiado tiempo.
-¿Qué papel juega el futuro en su vida?
-No siempre es fácil pero trato de no ocuparme demasiado del
futuro.. Mi vida es ahora. Este minuto. ¿El próximo? , veré cuando llegue.
-¿Cómo se imagina el cielo?
-Para mí, el cielo es hacer el amor con la mujer que amo,
eternamente. |