Fernando Parrado es uno de
los 16 sobrevivientes de la tragedia aérea de los Andes, en 1972.
Ésta es su historia y sus lecciones para el mundo de hoy
A primera vista, Fernando Parrado parece un
hombre normal. Alto, robusto, con el pelo castaño liso, vestido con un
caqui y una chaqueta de gamuza, con gestos que denotan gran tranquilidad y
paciencia. Uruguayo, empresario exitoso -además de presidir el negocio
familiar, Seler Parrado, una de las ferreterías más grandes de Uruguay, es
dueño de dos productoras de televisión y socio de una empresa de
televisión por cable--, casado desde 1979 y con dos hijas, de 17 y 19
años. Nada fuera de lo común.
En realidad, es todo menos un hombre
normal. Es excepcional.
Nando -como se le conoce comúnmente-, es
uno de los sobrevivientes -con otras 15 personas- de una de las tragedias
aéreas más famosas de la historia: la caída de un avión de la Fuerza Aérea
Uruguaya sobre las montañas de los Andes, entre Argentina y Chile, en
octubre de 1972. Llevaba a los Old Christians -nombre del equipo de rugby
de un colegio de Montevideo- a jugar en Santiago de Chile. Entre ellos,
Nando, uno de los jugadores del equipo. Para ese evento especial, Parrado
había invitado a su madre y a su hermana menor.
Después de pasar una noche en Mendoza,
Argentina -no cruzaron los Andes en el momento planeado por las
condiciones del tiempo- el avión emprendió camino temprano al día
siguiente. Pero el piloto no calculó bien su posición, y el avión se vino
a pique, dejando la cola en un lado, las alas en otro, y el fuselaje,
entero, en un valle de nieve y piedra, desde donde se veían solamente los
picos nevados de las montañas que rodeaban el sitio del accidente.
Luchando durante 72 días contra
temperaturas inhumanas -por la noche bajaban hasta menos 40 grados
centígrados-, contra el hambre, contra la sed, contra el hacinamiento -el
fuselaje del avión era el único refugio que tenían- y contra el
aburrimiento en la cima de una de las montañas más altas e inhóspitas del
mundo, 16 individuos lograron sobrevivir. Lo lograron con todas las
probabilidades jugando en su contra.
Y en gran medida lo lograron gracias a
Nando, que junto con un co-equipero del Old Christians, Roberto Canessa,
se jugaron la vida escalando montañas que hasta alpinistas profesionales
consideran toda una proeza. Sin equipo sofisticado, sin fuerzas en el
cuerpo, sin alimentos -salvo la carne humana que llevaban en un
improvisado maletín, la única fuente de alimento durante su vida en la
montaña- y con muy poca protección contra el frío, estos dos jóvenes de 21
años emprendieron una travesía de diez días, hasta hacer contacto con
otros seres humanos. Gracias a ellos pudieron rescatar a los otros 14
supervivientes, que se quedaron esperando arriba, en lo que se conoce como
el Valle de las Lágrimas.
El Valle sigue igual que hace 30 años,
salvo por una pequeña cruz de hierro que se levanta sobre un improvisado
altar de piedra bajo el cual están enterradas algunas de las personas que
no sobrevivieron al accidente. Entre ellas, la madre y la hermana de Nando
-Eugenia y Susana, respectivamente-, a quienes él tuvo que enterrar, con
sus propias manos, en un árido y congelado glaciar. Su madre murió
instantáneamente. Susana sobrevivió el impacto pero murió a los pocos días
por las heridas que había sufrido. Murió en brazos de su hermano. "Lo más
difícil para mí fue enterrar a mi madre y a mi hermana con mis propias
manos en el hielo", dice Nando.
De esa experiencia desgarradora desde el
punto de vista personal quedaron muchas lecciones que Nando se ha
encargado de aplicar en su vida y que tienen gran aplicación en el mundo
de los negocios de hoy. Para superar la tragedia, los 16 sobrevivientes
tuvieron que aprender a trabajar en equipo, a escuchar siempre atentos a
las buenas ideas, a innovar, a decidir en condiciones de extrema presión.
Estuvieron dos largos meses asediados por la muerte, pero la derrotaron. Y
eso valida lo que hicieron en la montaña -su manera de trabajar, de tomar
decisiones, de liderar-.
"La lección más grande para mí tuvo que
ver, sobre todo, con la toma de decisiones", dice Nando, sentado en una
mesa en un hotel en San Francisco, tomando una Coca-Cola, y hablando de su
experiencia. "Parece ridículo lo que voy a decir, pero generalmente una
decisión a mí no me toma más de 30 segundos, por difícil que sea. Porque
en los Andes decidí en 30 segundos la manera en que me iba a morir. Cuando
estaba en las montañas y vi lo que había adelante, estaba muerto". Estaba
recordando su travesía para ser rescatados. Recordaba el momento en que,
al escalar la cima más alta de las montañas que se veían desde donde
estaba el fuselaje del avión, se dio cuenta que no estaban donde él
pensaba -al oeste, cerca de Chile- sino que lo que había por adelante era
más nieve, más piedra, más nada. "Ahí decidí que me iba a morir caminando
y no mirando a los ojos de mi amigo [Canessa]. Cualquier otra decisión
comparada con la decisión de cómo vas a morir es un juego. Entonces
siempre que tengo algo que decidir, me acuerdo de ese momento".
Tomar decisiones rápidamente es una gran
virtud. Virtud que los empresarios de hoy, inmersos en un mundo competido,
requieren cada vez más. Quien no decide, muere. "Si tomo la decisión
equivocada tengo tiempo de corregirla", dice Parrado. "Es fundamentalmente
mejor [decidir y equivocarse que no decidir], porque hay tiempo de volver
atrás". Sin saberlo, en la mitad de la nada, Nando aprendió una lección
fundamental en la vida de los negocios: el mayor de todos los riesgos es
decidir no tomar riesgos. Nada más peligroso que el status quo.
Para ilustrar esa primera lección, Nando
pone un ejemplo. "El tema de cómo nos alimentamos [con carne humana] es un
ejemplo de toma de decisiones perfecta. Es una consecuencia lógica por el
tiempo, por la forma en que tu mente comienza a pensar allí. Había
solamente tres opciones: I) esperar y morirnos todos dentro del fuselaje
mirándonos a los ojos, y nadie quería llegar a esa opción; II) cometer
suicidio masivo, nos agarramos todos y saltamos en una grieta; III) comer
carne humana". A pesar de lo dramático de la decisión, todos decidieron,
en equipo, seguir por la tercera vía.
Pero no solamente de decisiones aprendió
Nando. Aprendió, también, que aunque las decisiones tomadas
democráticamente funcionan, llega un momento en que alguien tiene que
decidir, porque no siempre es fácil poner de acuerdo a un grupo de
personas sobre la forma de actuar. Y ese alguien se vuelve líder de la
organización o, en este caso, de un grupo de jóvenes luchando día a día,
segundo a segundo, por sus vidas.
"No siempre el que está apuntado como
líder es líder. Generalmente uno es líder sin saberlo, por sus acciones",
reflexiona Nando Parrado. "Con el tiempo, los líderes fueron cambiando por
sus acciones. Nadie dijo: tu vas a ser líder y nos vas a mandar. Hubo tres
o cuatro líderes fundamentales que a través de sus acciones fueron
liderando. Sin darse cuenta de lo que hacían. Era imposible pensar más
allá de unos minutos, porque nos estábamos congelando. ¿Cómo íbamos a
pensar en desarrollar un líder?".
Lección número dos: los líderes no nacen,
se hacen. Y se hacen con acciones. Lección importante para los ejecutivos
de hoy, muchos de los cuales creen que merecen ser el siguiente en la
línea de mando por el hecho de ser fulano de tal, o de tener relaciones
con tal o pascual. Están equivocados. La experiencia, la ejecución, los
resultados, son los que hacen un líder. Y quien no tenga esas cualidades
no va a liderar eficazmente. En palabras de Parrado: "Los líderes son
personas normales que tienen acciones estupendas o extraordinarias en
circunstancias difíciles". Para Nando, un líder debe tener carácter, debe
lograr tener carisma sin saberlo para que la gente crea en él, y debe
hacer las cosas bien. Porque nadie sigue un líder si no hace las cosas
bien. En otras palabras, los líderes son quienes logran resultados,
quienes consiguen hacer lo que se proponen.
Pero no hay líderes sin equipo. Al
contrario, los verdaderos líderes son aquellos que pueden trabajar en
equipo y dejan trabajar, dejan que cada uno de los miembros aporte sus
experiencias para hacer funcionar al equipo como un todo. "Fuimos todos
solidarios, poco egoístas, que es muy importante. Nunca fuimos tan buenos
[trabajando en equipo] como [en los Andes]", dice Nando.
Tercera gran lección: la del trabajo en
equipo. Solamente haciendo las cosas juntos, coordinadamente, se logran
resultados. Hay muy pocas personas capaces de lograr resultados
excepcionales, pero hay equipos capaces de generar resultados
excepcionales. El hecho de que Nando Parrado esté vivo es prueba
fehaciente de ello. Nadie hubiese sobrevivido ese accidente si hubiese
estado solo.
Un equipo, sin embargo, no funciona
porque sí. Necesita tener objetivos. De nada sirve tener el mejor grupo de
gente, el más coordinado, el que mejor ejecute, si no saben para dónde
van. Y para ello, el objetivo, además de único, debe ser común. Todos los
miembros del equipo deben estar totalmente convencidos de ese objetivo, de
que lo van a alcanzar, de que lo van a lograr. "El objetivo nuestro era
sobrevivir… todo el instinto, toda la fuerza, la inteligencia, el trabajo
en equipo, se puso en un solo objetivo: salir de ahí por nosotros mismos
[porque oímos por la radio que nadie nos iba a rescatar]. En mi caso,
sabía que tenía que conservar mis energías hasta el verano (el avión se
estrelló en octubre, en pleno invierno en el hemisferio sur) porque no
podíamos intentar salir de ahí antes por el frío, te hundís en la nieve
hasta la cintura. Yo decía: si me pongo triste y lloro, voy a perder sal
por mis lágrimas. O sea, no puedo darme el lujo de perder aunque sea esa
energía. Cerré mi mente a todo sufrimiento y me transformé en una máquina
de supervivencia. Con un solo objetivo: salir de ahí vivo".
La obsesión con los objetivos y con el
resultado -y la visualización del mismo-, mantuvieron vivos a Nando y a
sus amigos. Esa obsesión y visualización es lo que mantiene vivas a las
empresas hoy.
Cuarta lección: aquellas empresas con un
objetivo claro, que saben lo que quieren y para dónde van, y que ejecutan
sus acciones pensando siempre en que van a llegar allá, son las que logran
lo que quieren. Aquellas que no tengan un objetivo definido, no lo
lograrán. Así es la vida, y así son los negocios. Y las acciones diarias
tienen que estar encaminadas a lograr ese objetivo, a justificarlo.
"Teníamos un objetivo definido en tiempo,
lugares, espacio, qué íbamos a hacer, todo… el resto era una rutina de
supervivencia diaria, que en lugar de nublar el objetivo final lo que
hacía era justificarlo", dice Nando sobre el balance de sus objetivos de
corto y largo plazo. Consejo útil para ejecutivos, que a menudo no
balancean la rutina y la meta final.
Otra de las lecciones que aprendió Nando
en la cima de la montaña es que se necesita ser muy creativo para buscar
soluciones. Que siempre hay que innovar. Durante su estadía en la montaña
los sobrevivientes tuvieron que poner todo su ingenio a prueba para lograr
salir de allí vivos. Los ejemplos de pensamiento creativo abundan. La
pared de maletas, maletines y asientos que construyó el capitán del equipo
apenas estrellado el avión para que el viento no entrara al fuselaje, por
ejemplo, les salvó la vida. De no existir la pared, se hubieran congelado
la primera noche.
Canessa -el compañero de travesía de
Nando- también se inventó una especie de "hamaca" para sostener a los más
heridos, fabricada con los cinturones de seguridad y dos postes de metal
(aunque al final las dos personas que dormían en la hamaca murieron por su
debilidad, estuvieron vivos buena parte del tiempo por estar mejor
acomodados).
Igualmente ingenioso el invento para
derretir el hielo y tomar agua que, según Parrado, era más problemático
que la comida (el cuerpo humano se deshidrata cinco veces más rápido a
11.500 pies, la altura donde se encontraba el fuselaje, que a nivel del
mar). Para derretir la nieve fabricaron "planchones" con trozos de
aluminio que encontraron. La poca luz del sol derretía algo de hielo para
poder beber durante el día.
Finalmente, con un aislante para el frío
que encontraron en la cola del avión, fabricaron un saco de dormir para la
travesía de Parrado y Canessa. Sin el saco, hubiesen muerto congelados en
algún pico de los muchos que escalaron.
El presente
A los dos días de haber hablado con Punto-com, Nando Parrado contó
su historia ante un auditorio de 15.000 personas en el centro de
convenciones de San Francisco. Cuando terminó, los espectadores, que
habían escuchado boquiabiertos y en silencio su travesía, se pusieron de
pie y lo aplaudieron durante cinco minutos, por su valentía, coraje y
determinación.
Y, sobre todo, por su más importante
lección. "Hoy sé definir muy bien cuáles son las cosas importantes y
cuáles no. A mí me gustan los negocios, quiero ser exitoso, siempre y
cuando lo demás esté en su lugar. No podemos negar hoy que lo más
importante es la familia. El 100 por ciento de los que estaban en los
Andes querían volver a su familia, no a sus contratos, sus estudios, su
dinero. Quemamos todo el dinero que había en el avión (7.000 dólares en
billetes), lo quemamos por un poco de calor. O sea que el dinero es
importante siempre y cuando lo otro caiga en su justo lugar. Prefiero una
familia exitosa que un negocio exitoso".
Ese es Nando. Y esas sus lecciones. |